Me quedé sin stock otra vez: el sábado del mercadillo
2026-10-12
Son las 9:40 de un sábado y el mercadillo ya huele a churros y a café. Has montado el puesto con cuidado: las velas en tres alturas, los cartelitos a mano, la caja con cambio.
Te falta algo. Lo notas antes de contar nada. El lavanda, el que se lleva todo el mundo, no está. Hay un hueco en la mesa y una caja vacía debajo.
Piensas: otra vez.
El hueco en la mesa
Imagina a Marta. Es un personaje inventado, pero quizá te suene. Hace velas en el garaje de casa de sus padres y las vende en mercadillos y en una tienda online pequeña.
A las 10:15 llega una clienta que vino hace dos semanas. Pregunta por el de lavanda. Marta sonríe como se sonríe cuando algo por dentro se encoge.
—Se me ha acabado, lo siento. Para la próxima.
La clienta dice que no pasa nada. Pero compra una sola vela de otro aroma, y no vuelve a mirar el puesto. Marta lo ve y no dice nada.
Lo que nadie cuenta de quedarse sin stock
El problema no es solo la venta que pierdes ese día. Es todo lo que viene detrás, en silencio.
Es la cabeza haciendo cuentas a media mañana: ¿cuántas me quedaban? ¿Eran ocho o eran tres? Es abrir la libreta, que tiene cifras tachadas y una mancha de café. Es el Excel que empezaste con ganas en enero y que dejó de ponerse al día en marzo.
Es pedir cera y frascos a última hora, y pagar el envío urgente porque no hay otra opción. Es el dinero parado en cajas de aromas que casi nadie pide, mientras falta justo lo que sí se vende.
Y es una sensación pequeña y molesta de no llevar un negocio de verdad, sino de ir apagando fuegos con buena voluntad.
Nadie te lo dice en voz alta. Piensas que si fueras más organizada, esto no pasaría. Y esa idea pesa más que la propia vela que no vendiste.
La conversación en el coche
A las dos de la tarde Marta recoge. Mientras dobla el mantel, su vecina de puesto, que vende cerámica, le pregunta qué tal ha ido.
—Bien. Bueno, me he quedado sin lavanda. Otra vez.
—¿Y no tienes algo que te avise? —dice la vecina, como quien pregunta si llevas paraguas.
Marta se ríe, pero la pregunta se queda con ella en el coche, entre las cajas vacías. Nunca se le había ocurrido. Siempre pensó que el control del inventario era cosa de tiendas grandes, de gente con almacén y uniforme.
Y si no necesitara memoria ni intuición. Y si bastara con ver, de un vistazo, qué se está acabando antes de que se acabe.
Un lunes distinto
Pasa el tiempo. Mira ahora cómo podría ser un lunes cualquiera.
Abres el portátil con el café al lado. Una sola pantalla, tranquila. Ves lo que tienes, lo que vale lo que tienes y qué se acerca al mínimo. La lavanda aparece marcada: toca pedir.
No hay pánico ni cuentas de cabeza. Haces el pedido con tiempo, sin envío urgente, y cierras el portátil.
El sábado llegas al mercadillo con las cajas llenas. Y cuando alguien pregunta por la lavanda, dices: «Claro, ¿cuántas quieres?».
Ese cambio parece pequeño. Pero es la diferencia entre sentir que el negocio te lleva a ti y sentir que lo llevas tú. Y de paso recuperas la cabeza: ya no tienes que acordarte de todo.
Si te has reconocido
Si te has visto en ese hueco de la mesa, en esa libreta con manchas o en ese «otra vez» que dices bajito, no estás haciendo nada mal. Simplemente nadie te dio un sistema sencillo.
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Una historia ilustrativa, escrita con ayuda de IA.